lunes, 22 de abril de 2013

211. "Estilo y Cojones"


No hace mucho, unos años, apareció sin más; lo veía todos los días, varias veces. Rápido y fugaz, como un sueño, pero quedaba en mi retina como si se tratase de algo eterno, de algo que se forjaba intrínsecamente en mi; y así pasaron los días.
Me hacía recordar, me hacia volver atrás y recorrer cada paso que había dado, cada puerta que había cerrado de golpe y porrazo y cada sendero que había decido elegir, y pensé: “no puede ser más acertado”.

Solía sentarme en el mismo lugar, lo más alejada de la gente según la hora y al lado de la ventana, quería observarlo al pasar, a veces pensaba que tanta fijación por algo me haría volverme loca. No podía relegar toda mi vida a un sentimiento; pero en ese instante, por varios segundos lo hacía y volvía en mí una fuerza interior que sobrepasaba cualquier barrera.

Hace días me decidí a buscar su procedencia, la encontré; pensé que llegados ese momento perdería la magia, ya nada volvería a significar lo mismo. Al encontrar su naturaleza me invadió un caudal de alegría, tonta, pero alegría.

Existen frases, palabras, que además de crear millones de sensaciones y hacer fluir recuerdos, desbordan arte en su interior.



lunes, 11 de marzo de 2013

210. ¿Motivos?


Un día miras atrás y caes en la cuenta que tras todo el camino recorrido eres feliz y que lo que importa no es la cantidad sino la intensidad con la que vivas cada momento, cada sonrisa que archivas en la memoria y cada lugar que visitas, por monótono que sean los días, de forma diferente.

Caes en la cuenta de que nada puede reproducirse con exactitud y que la vida es la esencia de un todo que surge y se renueva continuamente, y vuelves a mirar atrás, pero no demasiado, para no marearte, y piensas sonriendo que a día de hoy, nada podría ser más perfecto y eso te hace sentir grande y completo.

Porque, ¿qué más da lo que piensen los demás cuando eres feliz?


martes, 5 de marzo de 2013

209. El último tren hacia Cádiz.


Hace una semana me crucé con un tipo a eso de las nueve de la noche, todo normal hasta que me pegunta si hablo castellano y me para contándome con una infame preocupación que le habían robado el equipaje y que en él llevaba la cartera y pertenencias de valor, me enseñó papeles de una denuncia con fecha de ese día e incluso insistió en darme su DNI si me ofrecía a darle los tres euros que le faltaban para volver a comprar su pasaje. La verdad es que los tres minutos que me estuvo contando su historia fueron los tres minutos más estresantes de ese día: me agobiaba hablando rápido con un acento de la Cádiz profunda y tantos datos supuestamente verídicos en el momento.
Aunque con incredulidad, llegué a creerme su cuento y a sabiendas de que siempre llevo calderilla en el bolsillo del abrigo le di un par de euros y me fui para coger mi tren de vuelta a casa.

Hoy he vuelto a cruzármelo, con la misma historia, pero esta vez iba a Huelva y su acento había cambiado lo suficiente como para parecer cordobés afincado en esas tierras desde hace años; lo dejé contarme su historia al completo, total, yo no tenía prisas ya que a mi tren le quedaba un rato para salir.
Cuando terminó, riéndome de manera sádica le deseé toda la suerte del mundo en su empresa en busca del dinero necesario para volver a su hogar. Y él, que creyendo no tener ni un pelo de tonto (aunque sí que le fallaba la memoria fotográfica) alzó la voz en modo y tono aprovechando que la gente pasaba alegando que no hacía falta que me pusiera “borde” con él, que él únicamente era “un pobre hombre al que acababan de robarle” y que “tan solo me estaba pidiendo ayuda de forma civilizada”.
Eso me hizo aún más gracia, “un pobre hombre”.

Antes de disponerme a seguir con mi camino y con los ánimos algo cambiados por lo que estaba presenciando en primera persona le hice ver que ya nos conocíamos y le invité de forma directa y poco amigable a recordar mi cara y mis gestos para que pudiera seguir “de forma honrada” robando a aquellas personas de buena fe que deciden pararse un momento a escuchar su cuento y acceder a “ayudarle” sin volver a cruzarse conmigo.

Prefiero que me roben directamente la cartera antes de que me vuelvan a hacer perder el tiempo con algo así.

martes, 29 de enero de 2013

208. Pensamiento de ventana.

“Y con el paso del tiempo, acabas descubriendo que la vida es la vida y que depende únicamente de ti cómo decidas llevarla -o en su defecto, a veces, sobrellevarla- y que no hay nadie ni nada que pueda hacerte cambiar de opinión cuando las cosas las decides tras haber meditado en ellas con el corazón. Cuando estás seguro, cuando realmente sabes que estás seguro, nada jamás te hará desistir hasta alcanzar tus objetivos”. 



207. Pequeño punto de inflexión.


No estoy enfadada, ni tampoco creo que sea decepción lo que siento, es como si asumiera que llega un momento en que las cosas no tienen más remedio que cambiar. Las causas nunca son estáticas, cambian, realmente son las que más cambian, como si se encargaran de mover el mundo, y entonces yo, ahí, es donde intento buscar mi lugar, entre los posibles quizases que se me presentan a diario. Por eso digo que no es ni enfado, ni decepción,  siquiera es miedo, si no algo por lo que tarde o temprano todo el mundo pasa para  aprender a apoderarse de su propio caos; supongo que en eso consiste la vida, en saber estar en el lugar exacto en el momento exacto y tengo la sensación de que yo siempre llego tarde... o a veces, demasiado temprano. 


domingo, 27 de enero de 2013

206. Los intereses creados.


Era uno de esos días en los que prefería no hacer nada, pero aún así tras la insistencia del gong del despertador di un salto digno de circo de la cama e hice el camino por inercia hacia el baño: la imagen despeinada que me devolvía el espejo no era más que una burda imitación de mi propia imagen, ¿cómo es posible que hoy no tenga ojeras? – pensé examinándome de cerca la cara ante el espejo.

Me vestí, como me suelo vestir, sin darle más importancia de la que tiene, al fin y al cabo siempre es lo mismo, todo es ropa, y sea como sea siempre existe ese alguien que critique como vas o que te pusiste, quizás incluso lleve un diario de cómo voy vestida o cómo y cuándo me corto las uñas, pero qué más da todo eso cuando tenemos todo un universo que nos rodea. Nunca me interesó lo mundano más allá del día a día y ese día no iba a ser diferente, así que únicamente basé mi elección en escoger algún modelito acorde con la ocasión que se me presentaba.

Como siempre, llegué unas horas antes a mi trabajo, con la diferencia de que ésta vez me habían citado a esa hora: esta vez me tocaba disfrutar de mi día libre desde el palco, desde uno especial, desde el que se veían las caras, caretas y retratos, la fanfarria, el sarcasmo y la farándula, la sonrisa perdida y eso que llamamos vida en su más llano significado: la supervivencia.

El tiempo voló mientras saludaba a mis compañeros de escena en otras ocasiones y tras todos los saludos y frases de ánimo pertinentes casi sin darme cuenta me encontré posicionada en mi sitio. 

Comenzó la actuación y los personajes se movían como perfectas marionetas y rápidamente comprendí que todo se reduce a un absurdo teatro de caretas y sonrisas quiméricas, de conexiones que realmente significan todo lo contrario y de relaciones humanas creadas por necesidad, por pura y propia necesidad de cada uno. Pero aquello me divertía, porque desde mi nueva posición podía ver más allá de lo que lograba ver desde el escenario: la verdadera cara de la moneda a la que me enfrentaba a diario.

Percibí que crear una falsa apariencia es más fácil de lo que parece una vez que estás en escena, sólo necesitas fijar tus prioridades, y rebuscar dentro de tu ombligo para saber mover bien las fichas de la vida, y había gente que estaba realmente puesta en eso, que se le daba bien ese juego y que disfrutaban de ello. Sus caras lo delataban y podía ver a través de ellos que harían cualquier cosa por no quedarse solos mientras forjaban a su alrededor un halo de seguridad falso y quebradizo que a toda costa intentarían afianzar con la creencia en ellos mismos por parte de los demás, aunque supieran que éstos creían en una imagen que no era autentica, pero de eso se trataba: de entrar en el personaje.

Entendí que era bueno estar en el punto de mira, tanto como no estarlo, a partes iguales, porque nadie logra tener su momento de gloria en el escenario sino existe un ser perverso que haga al mismísimo diablo ser bueno, pobre e indefenso: todo estaba planeado hasta que se bajaba el telón por última vez, todo quedaba sutilmente cosido en ese mundo de intereses creados que te mostraban una extraña y pasmosa realidad.

Tras terminar la obra, aplaudí, como jamás lo había hecho antes, ese día de descanso y esa invitación al palco por parte de mi jefe, me hizo ver que la vida es un símil muy cercano al teatro y es que, salga o no salga tu nombre en el cartel principal, cada uno, como los personajes, acaba obteniendo de sí mismo lo que cree merecer: gloria y mierda a la vez.

Nunca más volví a poner un pie en un escenario.



viernes, 4 de enero de 2013

205. El placer de ser el primero.


Verás, yo nunca he sido el primero en nada; pero en nada de nada de nada. Ni al nacer; cuando me tocó nacer tuve a uno delante que dejó la aeronave acuosa antes que yo, me consolaban diciendo que en lo referente a edades yo entre los dos era el grande, el GRANDE, así, como suena en su inmensidad, pero ¿cómo carajo iba a ser el grande cuando había alguien que me había quitado el primer puesto y que encima me sacaba una cabeza de altura? Estaba claro que ya desde pequeño, en casa, me engañaban.

En la escuela siempre fui aquel perdedor que tu grupo de amigos rara vez no dejaba para el final cuando tenías que elegir equipo para el partido de fútbol de la hora de educación física. Odiaba esa hora. Odiaba a ese tipo, rechoncho y de músculos flácidos y la piel arrugada que nos obligaba a correr como ganado y que siempre gritaba en mitad del patio dirigiéndose a mí  con aire burlesco “¡ya estás otra vez el último!”.

En los estudios siempre fui el segundón; el brillante y empollón segundón. Yo, al no destacar en nada a lo referente a habilidades sociales, decidí al menos que mi paso por aquella escuela sirviera para que me recordaran por algo, y estudiaba, no veas como estudiaba, estudiaba como un cabrón, devoraba los libros a todas horas, días y días antes de aquellas pruebas de conocimiento del medio. Quería ser el primero, lo anhelaba, necesitaba que al pasar por delante de ellos vieran más que a un segundón. Pero ahí estaba ella, siempre con su sonrisa limpia y su mirada reluciente, con su falda azul de tablas bien planchada y su camisa recién sacada del armario, con olor a flores silvestres y con ese aire de princesa caída del cielo, y por supuesto con algunas décimas más que yo en todas las pruebas. Ella me desbancaba, incluso una simple niña con sus juegos de tacitas y aquellas dos trenzas de alambre era mejor que yo en algo.

El tiempo pasó, pero en el instituto decidí que las cosas serían distintas: no me importaba ya ser el primero, el segundo o el último en cuanto a brillantez en los estudios, ni el más atlético, lo del más atractivo no quiero ni mencionarlo porque como has podido intuir desde el principio muy muy guapo no te vayas a creer tú que era, una cosa normalita, era un chico “delmon”; vamos, un chico del montón.

Y tan del montón que tenía que ser para que ninguna de las tías de todo el instituto se hubiera fijado en mi y mira que yo lo intentaba ¿eh? Acercarme, como comprenderás, no me acercaba a las más guapas, era joven pero era un tipo realista y sabía que con las guapas no tenía nada que hacer, así que me conformaba con ser amigo de las otras, de las que parecían que eran como yo. Me acuerdo de una que dejó especial huella en mi, pasamos los años de instituto viéndonos todos los días y haciendo muchas cosas juntos, íbamos al cine, a patinar, a pasear al parque, a cenar… y todo me daba a entender que ella comenzaba a mostrar el mismo interés en mi que yo tenía por ella hace tiempo, porque no nos engañemos, no era de las guapas-guapas, pero cada día que pasaba la veía más interesante.

Todo iba bien, me sentía un tipo afortunado, hasta que escuche las palabras mágicas salir de su boca: “eres mi mejor amigo”.  Su mejor amigo. Aquello cambió la visión del mundo para mí y comprendí que quien quiere hacerte daño, te lo hace y después con una sonrisa y una palmadita en el hombro quiere quedar exculpado de todo daño que no sea el de sí mismo. No sé qué pasó después, únicamente puedo decirte que nos alejamos al igual que van cambiando las estaciones de calor a frío, sin darse cuenta y más rápido de lo que puedes imaginar.

Llegué a la universidad sin grandes logros académicos y habiendo pasado toda mi vida hasta ese momento siendo únicamente un pagafantas sin habilidades sociales más allá de bailarle el agua a cualquier mujer que se me pusiera por delante con el ánimo de que se fijara en mi como hombre y no como amigo.

Pasaron los primeros años y como un hámster en su bola, comencé a rodar por mi mundo y mi carrera para avanzar, y de nuevo apareció ella. La mujer que aún siendo una niña era mejor que yo, la que me desbancó cuando buscaba mi momento de gloria en la escuela, no había cambiado nada, ni su olor a flores silvestres que ahora me resultaba repulsivo ni sus dos trenzas de alambre, era la misma, más alta y con las facciones muy marcadas, supongo que algo más inteligente también, si es que se podía superar la sabiduría inalcanzable que emanaba por aquella época. Y ocultándole mi pasado, nos hicimos por primera vez amigos.

Fue la amistad con una mujer más extraña y oscura que tuve, ella hacia cosas poco comunes cuando estaba a mi lado, hasta que entendí que entre sus contoneos y frases sutiles y sus alardes de inteligencia intentaba insinuar su interés por mí.  Y yo realmente estaba interesado. Muy interesado.
Pero toda paciencia y toda mente, toda lógica soporta un peso, y en mi interior sabía que había una línea que no debía pasar, estaba seguro de eso, ella no era para mí porque el daño sería inminente; “nunca nadie ha rechazado a alguien como yo, ¿sabías?” dijo, y entonces sonreí como jamás había sonreído, haciendo una mueca agradable que acompañaba a su propia risa y pensé, “yo seré el primero”.