Verás, yo nunca he sido el primero en nada; pero en nada de
nada de nada. Ni al nacer; cuando me tocó nacer tuve a uno delante que dejó la
aeronave acuosa antes que yo, me consolaban diciendo que en lo referente a
edades yo entre los dos era el grande, el GRANDE, así, como suena en su
inmensidad, pero ¿cómo carajo iba a ser el grande cuando había alguien que me
había quitado el primer puesto y que encima me sacaba una cabeza de altura?
Estaba claro que ya desde pequeño, en casa, me engañaban.
En la escuela siempre fui aquel perdedor que tu grupo de
amigos rara vez no dejaba para el final cuando tenías que elegir equipo para el
partido de fútbol de la hora de educación física. Odiaba esa hora. Odiaba a ese
tipo, rechoncho y de músculos flácidos y la piel arrugada que nos obligaba a
correr como ganado y que siempre gritaba en mitad del patio dirigiéndose a
mí con aire burlesco “¡ya estás otra vez
el último!”.
En los estudios siempre fui el segundón; el brillante y
empollón segundón. Yo, al no destacar en nada a lo referente a habilidades
sociales, decidí al menos que mi paso por aquella escuela sirviera para que me
recordaran por algo, y estudiaba, no veas como estudiaba, estudiaba como un
cabrón, devoraba los libros a todas horas, días y días antes de aquellas
pruebas de conocimiento del medio. Quería ser el primero, lo anhelaba,
necesitaba que al pasar por delante de ellos vieran más que a un segundón. Pero
ahí estaba ella, siempre con su sonrisa limpia y su mirada reluciente, con su
falda azul de tablas bien planchada y su camisa recién sacada del armario, con
olor a flores silvestres y con ese aire de princesa caída del cielo, y por
supuesto con algunas décimas más que yo en todas las pruebas. Ella me
desbancaba, incluso una simple niña con sus juegos de tacitas y aquellas dos
trenzas de alambre era mejor que yo en algo.
El tiempo pasó, pero en el instituto decidí que las cosas
serían distintas: no me importaba ya ser el primero, el segundo o el último en
cuanto a brillantez en los estudios, ni el más atlético, lo del más atractivo
no quiero ni mencionarlo porque como has podido intuir desde el principio muy
muy guapo no te vayas a creer tú que era, una cosa normalita, era un chico
“delmon”; vamos, un chico del montón.

Y tan del montón que tenía que ser para que ninguna de las
tías de todo el instituto se hubiera fijado en mi y mira que yo lo intentaba
¿eh? Acercarme, como comprenderás, no me acercaba a las más guapas, era joven
pero era un tipo realista y sabía que con las guapas no tenía nada que hacer,
así que me conformaba con ser amigo de las otras, de las que parecían que eran
como yo. Me acuerdo de una que dejó especial huella en mi, pasamos los años de
instituto viéndonos todos los días y haciendo muchas cosas juntos, íbamos al
cine, a patinar, a pasear al parque, a cenar… y todo me daba a entender que
ella comenzaba a mostrar el mismo interés en mi que yo tenía por ella hace
tiempo, porque no nos engañemos, no era de las guapas-guapas, pero cada día que
pasaba la veía más interesante.
Todo iba bien, me sentía un tipo afortunado, hasta que
escuche las palabras mágicas salir de su boca: “eres mi mejor amigo”. Su mejor amigo. Aquello cambió la visión del
mundo para mí y comprendí que quien quiere hacerte daño, te lo hace y después
con una sonrisa y una palmadita en el hombro quiere quedar exculpado de todo
daño que no sea el de sí mismo. No sé qué pasó después, únicamente puedo
decirte que nos alejamos al igual que van cambiando las estaciones de calor a
frío, sin darse cuenta y más rápido de lo que puedes imaginar.
Llegué a la universidad sin grandes logros académicos y
habiendo pasado toda mi vida hasta ese momento siendo únicamente un pagafantas
sin habilidades sociales más allá de bailarle el agua a cualquier mujer que se
me pusiera por delante con el ánimo de que se fijara en mi como hombre y no
como amigo.
Pasaron los primeros años y como un hámster en su bola,
comencé a rodar por mi mundo y mi carrera para avanzar, y de nuevo apareció
ella. La mujer que aún siendo una niña era mejor que yo, la que me desbancó
cuando buscaba mi momento de gloria en la escuela, no había cambiado nada, ni
su olor a flores silvestres que ahora me resultaba repulsivo ni sus dos trenzas
de alambre, era la misma, más alta y con las facciones muy marcadas, supongo
que algo más inteligente también, si es que se podía superar la sabiduría
inalcanzable que emanaba por aquella época. Y ocultándole mi pasado, nos
hicimos por primera vez amigos.
Fue la amistad con una mujer más extraña y oscura que tuve,
ella hacia cosas poco comunes cuando estaba a mi lado, hasta que entendí que
entre sus contoneos y frases sutiles y sus alardes de inteligencia intentaba
insinuar su interés por mí. Y yo
realmente estaba interesado. Muy interesado.
Pero toda paciencia y toda mente, toda lógica soporta un
peso, y en mi interior sabía que había una línea que no debía pasar, estaba
seguro de eso, ella no era para mí porque el daño sería inminente; “nunca nadie
ha rechazado a alguien como yo, ¿sabías?” dijo, y entonces sonreí como jamás
había sonreído, haciendo una mueca agradable que acompañaba a su propia risa y
pensé, “yo seré el primero”.